“Condición del extranjero” y la educación argentina

Por Elio Noé Salcedo

En enero de 1927, Ricardo Rojas (“La restauración nacionalista”, 1910), ahora entregado a las delicias difusoras de La Nación, reivindicaba en su prólogo estos textos periodísticos de D. F. Sarmiento, recopilados y publicados por el sobrino del prócer, Augusto Belín Sarmiento, con el sugestivo y a la vez sugerente nombre de “Condición del extranjero en América”.

Para Rojas, estos últimos textos escritos y publicados por Sarmiento en distintos diarios de la época, no carecían de razón y probaban que “el viejo vidente” “ni era loco ni estaba chocho” respecto a lo que ocurría en nuestro país a raíz del “cosmopolitismo triunfante en mengua de la nacionalidad”.

El mismo que antes censuró nuestros defectos sociales en el indio, en el gaucho, en el español y en el criollo de las ciudades, para abrir paso a la inmigración -rememoraba Rojas-, tuvo la suficiente libertad mental y acierto político para censurarlos en el “gringo”, cuando la emigración ya realizada planteó nuevos problemas morales a la nacionalidad argentina”.

Lo cierto es que, de alguna manera, la realidad que se vivía y la madurez del viejo escritor y periodista habían hecho entrar en crisis su pensamiento del ’37, de los cuarenta y, en general, de su etapa de “porteño en las provincias” antes de ser, como presidente, un “provinciano en Buenos Aires”.

El cosmopolitismo -planteaba Rojas- es una forma de barbarie que, al romper la cohesión de la conciencia nacional en la patria, que llama y hospeda al emigrado, lo convierte a este en un conspirador, al servicio de su patria de origen, o en un mercader, al servicio de sus intereses más egoístas”, vicios morales que Sarmiento -obnubilado con la “civilización” europea- no había tenido en cuenta en el “Facundo”, en “Educación Popular” ni en las cartas de sus “Viajes”.

Cosmopolitismo -explicaba Rojas- no es internacionalismo ni humanitarismo; es anarquía espiritual de una sociedad, y comporta el empobrecimiento de sus fuerzas históricas”.

Para el pensador santiagueño, “pueblo que aspira a realizar una obra de cultura, debe superar el cosmopolitismo por un ideal nacional. El nacionalismo en los países de necesaria inmigración como el nuestro, es una disciplina idealista en defensa de la civilización”.

Desafortunadamente, no lo había entendido así el joven Sarmiento, declarado post mortem “maestro de América”, pero no precisamente por estas ideas de su madurez, cuyo pensamiento entraba en crisis al acercarse su final.

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